Hoy como ayer

| Posted in ,

La primera edición en compacto de una obra hoy clásica del
rock uruguayo, que estuvo añares fuera de las disquerías,
lleva a lamentar bastante más que el ninguneo que, como una
maldición de la que nadie se hace responsable, suelen sufrir los
artistas de este país. En 1986, Montevideo agoniza, de Los Traidores,
resonó como el grito solitario de cuatro muchachos desesperados
por desgarrar las pesadas redes que frenaban a la sociedad
uruguaya. En el paisaje depresivo, represivo y sin compasión que
pinta ese disco pueden verse, como en un espejo, los jóvenes de
entonces y los de ahora.
Algo cambió, sí, desde aquella enrarecida, enfermiza restauración
democrática. La represión brillaba entonces en las infames
razzias. La Republicana había cambiado el blanco de su sable, de
opositores en manifestaciones a rockeros en recitales. Las autoridades
también pretendían cumplir a rajatabla la prohibición
de la marihuana, y muchos simples fumetas terminaban en la
cárcel.
La censura regía en las mentes y en la realidad. El sello Orfeo
prefirió no editar cinco canciones ya grabadas para Montevideo
agoniza por temor a la reacción del gobierno de Julio María
Sanguinetti, que por sus días clausuraría la revista La Escoba.
Los dibujos de Óscar Larroca fueron retirados de una exposición
estatal por “pornográficos”. La policía solía esperar a Los Traidores
detrás del escenario para arrestarlos. El celo de un director
municipal le valió dos meses de prisión a Esteban No, cantante
del grupo de rock Clandestino, por expresar en un recital lo que
pensaba sobre el Parlamento.
Las mayorías preferían sacrificar libertades y avances sociales
hasta que se consolidara cierta institucionalidad política. El
presidente argentino Raúl Alfonsín decía que “con democracia
se come, se educa y se cura”. Es verdad: todas las dictaduras de
la historia tienen como seña de identidad la perpetuación de la
pobreza y la inequidad. Pero sólo con la democracia no alcanza, y
ya en 1986 había inconformistas que, a pesar de su juventud y de
haber sido criados “en la cuna de la represión”, se daban cuenta.
Luego arrancaría el carrito de la montaña rusa, desde la cima
del consumismo hasta la caída en la crisis económica. De a poco,
el rock se fue colando en teatros, estadios, ascensores y hasta
supermercados. Hoy, con el primer gobierno nacional del Frente
Amplio, los rockeros están integrados a la cultura oficial y oficialista.
En contraste, Montevideo agoniza fue una obra marginal en
los tiempos que la parieron, rechazada hasta por la izquierda. Pero
sus diagnósticos, sus urgencias y su rabia suenan, 21 años después,
demasiado actuales, mucho más que la mayoría de los “productos”
del masivo y amable rock uruguayo contemporáneo.
Aquellos jóvenes urbanos de 1986 no son ahora muy diferentes
a sus padres, retratados en canciones como “Sólo fotografías”
(“luces que no alumbran, que sólo apuntan y acusan para que
nos descubran”) o “La lluvia cae sobre Montevideo” (“un lugar y
su gente en la misma dirección”, frase que el cantante Juan Casanova
solía acompañar en el escenario con el pulgar hacia abajo).
La mayoría de los medios de comunicación continúan promoviendo
el conformismo y el miedo, sin dar mayores explicaciones:
“Las noticias nacionales” recomendaba a la población que se
cuidara “de los criminales” y que cerrara “puertas y ventanas con
cadenas y candados”, pero añadía: “Nunca acusan a nadie, nunca
nombran a los necios”.
Cualquier gobierno inspirado por un sentimiento de justicia
y transparencia debería sentirse interpelado por la frase “las cartas
mal repartidas se juegan con lentitud” (“Juegos de poder”)
o por la descripción del liderazgo como mero aplacamiento de
intereses (“¿Qué camiseta usará usted hoy? ¿Una roja, tal vez una
verde, o la del imperialismo?”, en “Buenos días, presidente”).
Poco (o nada) ha cedido el desprecio por los pobres, narrado
en “Viviendo en Uruguay” (“Estoy viviendo en un país donde
tenés que ser cheto o terraja”) o “Barrio rico” (“un paraíso al que
tú no puedes ir”).
Resulta inquietante pensar que los niños aún “se arrastran en
la calle sin dejar nunca de llorar”, sobre todo porque Los Traidores
cantaban esto cuando, por ejemplo, Marcelo Roldán, El Pelado,
tenía 12 años.
Para muchos, el cambio de signo en el gobierno es una nueva
excusa para dejar de soñar y de pensar en las estrellas. Hoy como
ayer, todo el libreto parece igual. Ojalá que alguien lo desmienta.

[Por Marcelo Jelen. La Diaria. Montevideo, 15 de junio de 2007]